Aznar, el pacificador es el título del interesante artículo que EGIN publicó en su sección hoy escribe en la página 7 de su nº del 12 de mayo de 1998, firmado por Amadeo MARTINEZ INGLES, escritor y militar del Ejército español. Interesante porque es la lectura que un militar español hace de la amenaza proferida por el Presidente del gobierno de España José María Aznar en el mitin de su Partido Popular celebrado el sábado 9 de mayo de 1998 en Vitoria-Gasteiz. Donde dijo que: "el Estado no va a claudicar, el Gobierno no va a negociar y ETA y HB acabarán en la cárcel todos. Todos, donde tienen que estar todos".
Este es el texto del artículo:
La España de finales del siglo XX acaba de dar a luz a
un nuevo "pacificador", a un clónico del dictador
de los años 20, Primo de Rivera, que, también con
el auxilio francés, pretende acabar con la sublevación
rifeño/vasca metiendo en la cárcel a los rebeldes,
a los padres de los rebeldes, a los amigos de los rebeldes y...
a todos los que piensan como los rebeldes. Para ello, ya ha ungido
como capitán general de su Ejército del Norte a
uno de sus más fieles servidores, a un tal Iturgaiz, bravucón
y valentón (con escolta) donde los haya, salido de la más
recóndita y ultramontana derecha española. Y ha
confirmado, asimismo, como ministro de propaganda de su belicoso
Régimen al mediático y ubicuo Mayor Oreja, el hombre
que más sabe en este país de micrófonos,
cámaras de televisión y ruedas de prensa.
Todo está listo, pues, para que este nuevo adalid de la
España eterna (la Imperial, la Una, Grande y Libre defendida
por Franco, la convergente del euro que ha llegado a Bruselas
a golpe de privatización salvaje), este nuevo Caudillo
(que no ha hecho la mili pero que como a su colega ruso Yeltsin
le gusta un montón subirse a los tanques), este Aznar pequeño
y gesticulante al que se le calienta la boca con preocupante frecuencia,
inicie su última y definitiva ofensiva contra el pueblo
vasco en general, contra la pequeña parte del mismo que
todavía defiende sus ideas con las armas en la mano y contra
la inmensa mayoría de sus ciudadanos que sin salirse un
ápice de la dudosa legalidad vigente, con evidente ingenuidad,
llegaron a creerse que esto de la democracia española iba
en serio y que algún día podrían alcanzar
sus sueños a través de las urnas y los votos.
Parecen estar absolutamente convencidos los del PP, tanto el dictador/pacificador
Aznar como su Gobierno de Orejas, Tocinos, Cascos, Serras y Cesids,
y el patético colectivo de sus concejales que cada día
pelea a muerte con el miedo, que van a ganar la partida en el
Norte. No tienen la menor duda. No quieren ni oír hablar
de negociaciones, de paz, del Ulster, de concesiones políticas
o de dar un paso atrás aunque sea para "coger carrerilla".
Quieren la victoria total, la destrucción del adversario,
la tierra quemada... Los españoles, piensan, no somos
ingleses. Aquí el que la hace la paga. Como la pagaron
los cientos de milicianos masacrados en la plaza de toros de Badajoz
en 1936; o los miles y miles de luchadores demócratas condenados
sumarísimamente por el franquismo a principios de los años
cuarenta.
Los vascos, piensan también estos acérrimos defensores
de la terapia carcelaria para todos los que no comulgan con su
ideas, tendrán que claudicar. Más pronto que tarde.
Los violentos y los que no lo son, los demócratas y los
que no lo son, los nacionalistas y los que no lo son. Todos. Absolutamente
todos. Menos los suyos, claro, que están en la senda de
la verdad. España tiene que seguir siendo la de siempre,
la de los Reyes Católicos, la patria de todos los hombres
y mujeres nacidos de los Pirineos para abajo, la unidad de destino
en lo universal que dejó atada y bien atada el dictador
Franco. Y si para conseguirlo tienen que desembarcar en La Concha,
como antaño hiciera Primo de Rivera en Alhucemas, fusiles
en alto, banderas al viento, franceses en alta mar, lo harán
sin dudarlo un segundo. Faltaría más, las urnas
y los votos nunca han parado a la derecha española. La
parafernalia democrática está bien de cara a la
galería nacional e internacional, pero no debe poner en
peligro la sagrada unidad de la patria.
La absurda frase lanzada el sábado pasado por el presidente
Aznar en Vitoria ha electrizado ciertamente a sus fieles. Por
fin tienen al frente a un nuevo Caudillo, a un nuevo pacificador
de España, a un nuevo Primo de Rivera capaz de llevarles
a la victoria en el País Vasco. Y con ellos a todos los
españoles de buena fe. A los otros, a los nacionalistas,
a los separatistas, a los antipatriotas, a la basura izquierdista
sea del signo que sea sólo le queda un triste e inexorable
destino: la cárcel y el crujir de dientes.
Amadeo MARTINEZ INGLES